Medio griego, medio turco
Agobiado por las dudas que se revolvían en mi atormentada alma, resolví distraer mi dolor metafísico con un viaje misterioso de rumbo incierto. Antes, por supuesto, llamé a mi inseparable compañero de aventuras, Mauricio Kagel, quien en ese momento se encontraba realizando una serie de conciertos en el Teatro Avenida de Buenos Aires. Luego de su última presentación, empacamos unas pocas cosas y nos embarcamos hacia el horizonte. Y el horizonte terminó al sur de Turquía. Mauricio estaba muy nervioso, ya que había visto recientemente la película "El expreso de medianoche" y no quería saber nada con pasar por Turquía, sobre todo porque solía ser un asiduo fumador de las mismas "hierbas medicinales" que le costaron la libertad al protagonista de dicho film. Fue por eso que terminamos en la isla de Chipre. Recordé casi inmediatamente que en otro viaje, el cual me había depositado en la Venezuela de los años cuarenta, conocí a un sujeto extraño en un expendio de hamburguesas. El hombre se empeñaba en ponerle mayonesa a mi sandwich, pese a que yo le decía y le volvía a decir que a mí no me gustaba la mayonesa, que ya le había puesto dulce de leche y que con eso estaba bien, que la mayonesa engorda, que la hacen con huevos de iguana y demás pretextos incoherentes. Finalmente se rindió y se presentó como Mihaíl Muskos, contrabandista de hierro de Chipre.
- Contrabandista de hierro... ¿y es buen negocio ése?- pregunté.
- Ahora no tanto- contestó- Estoy pensando en largar y meterme de obispo trucho.
- ¿Para qué?
- ¡Uuhh! ¡Es bárbaro! Allá, en Chipre, si te metés en esa vas escalando hasta llegar a puestos políticos importantes. Poder, guita, prestigio.
- Si, pero cero minas. Los obispos no curten.
- Bueno, ese es el problema. Si curten, pero solamente con varones de no más de once años.
Debo decir que esa información me produjo un poco de rechazo, pero ¿quien era yo para juzgar esas prácticas sexuales, si tuve que pasar largos días encerrado por mi gusto por las colegialas de quince años?. No volví a verlo después de esa tarde. Y ya que me encontraba en Chipre, decidí buscarlo para saber que había sido de él, si había logrado ser obispo, si estaba en cana o si el constante consumo de mayonesa del que hacía alarde lo había hecho engordar, como le predije.
Descubrí, simplemente, que estaba muerto hacía dos años, que había logrado hacerse pasar por obispo y que, como quien no quiere la cosa, fue elegido presidente en tres ocasiones. Cuatro veces intentaron asesinarlo. La primera por cuestiones políticas, la segunda por cuestiones económicas, la tercera por haberle vendido aluminio a un grupo terrorista turco diciéndoles que era un nuevo tipo de hierro liviano y la cuarta por haberle puesto mayonesa de prepo al sandwich de mortadela de Fazil Küçük, un turco chipriota.
Días después, mientras veía desde el barco la costa de esa irregular isla hacerse cada vez mas pequeña, pensé acerca de las inesperadas consecuencias que puede traer ponerse un vestido negro y sobrio para hacerse pasar por obispo. Y comprendí que no es bueno dejar toda una vida dedicada al contrabando de hierro para embaucar a la población entera de una isla medio griega, medio turca.
Torcuato Borland. Noviembre de 1979
- Contrabandista de hierro... ¿y es buen negocio ése?- pregunté.
- Ahora no tanto- contestó- Estoy pensando en largar y meterme de obispo trucho.
- ¿Para qué?
- ¡Uuhh! ¡Es bárbaro! Allá, en Chipre, si te metés en esa vas escalando hasta llegar a puestos políticos importantes. Poder, guita, prestigio.
- Si, pero cero minas. Los obispos no curten.
- Bueno, ese es el problema. Si curten, pero solamente con varones de no más de once años.
Debo decir que esa información me produjo un poco de rechazo, pero ¿quien era yo para juzgar esas prácticas sexuales, si tuve que pasar largos días encerrado por mi gusto por las colegialas de quince años?. No volví a verlo después de esa tarde. Y ya que me encontraba en Chipre, decidí buscarlo para saber que había sido de él, si había logrado ser obispo, si estaba en cana o si el constante consumo de mayonesa del que hacía alarde lo había hecho engordar, como le predije.
Descubrí, simplemente, que estaba muerto hacía dos años, que había logrado hacerse pasar por obispo y que, como quien no quiere la cosa, fue elegido presidente en tres ocasiones. Cuatro veces intentaron asesinarlo. La primera por cuestiones políticas, la segunda por cuestiones económicas, la tercera por haberle vendido aluminio a un grupo terrorista turco diciéndoles que era un nuevo tipo de hierro liviano y la cuarta por haberle puesto mayonesa de prepo al sandwich de mortadela de Fazil Küçük, un turco chipriota.
Días después, mientras veía desde el barco la costa de esa irregular isla hacerse cada vez mas pequeña, pensé acerca de las inesperadas consecuencias que puede traer ponerse un vestido negro y sobrio para hacerse pasar por obispo. Y comprendí que no es bueno dejar toda una vida dedicada al contrabando de hierro para embaucar a la población entera de una isla medio griega, medio turca.
Torcuato Borland. Noviembre de 1979